Es llegar a la única patria que el fuego puede habitar. Cabanel pinta al ángel con los ojos vueltos hacia lo que ya no es suyo, y Dvořák hace rugir las cuerdas como quien recuerda una tierra que sus pies ya no pisarán. Ambos nos dicen lo mismo: el desterrado no llora su caída — la convierte en música, en luz, en forma.
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Recorte de El Ángel Caído - L’Ange déchu (detalle), 1847
Alexandre Cabanel
Óleo sobre lienzo
Musée Fabre, Montpellier, Francia
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